
Llevaba casi un año viviendo en esta casa, a las afueras de la ciudad, para no tener ruidos. Y, además, la única casa que lindaba con la mía, se supone que estaba vacía. Me gustaba la soledad y el silencio, para pensar en mis cosas y vivir con mis recuerdos.
Casi un año. Y, de repente, el último día de mayo, estaba sentado en el porche de mi jardín cuando ella apareció en mi puerta. Se presentó diciendo que era mi vecina y que venía a saludarme puesto que no nos conocíamos.
Me extrañó puesto que suponía, y así lo había comprobado varias veces, que la casa de al lado estaba vacía. Era una casa igual que la que yo había comprado pero, en aquel momento de la compra, me aseguré bien de que no estuviera habitada. Y, por su estado muy de abandono, no era presumible que nadie quisiera vivir en ella. Por eso no supe reaccionar cuando aquella señora se presentó diciendo que era mi vecina. Por el otro lado, la casa más cercana estaba a más de quinientos metros y también estaba deshabitada.
Vestía bien pero un poco a lo antiguo, me parecía. Aceptó un café pero no quiso comer nada. Entre silencio y silencio, me hizo preguntas y me iba contando ella un poco de su vida. Me dijo que vivía en la casa de al lado y que tenía una hermana que había muerto muy joven, hace ya unos años.
Antes, dijo, vivían las dos en una casa en la ciudad. Antes de que su padre construyera estas dos casas, una para cada una, y se vinieran a vivir aquí. Me sobresaltó un poco lo de que vivía en la casa de al lado porque yo sabía que eso era mentira. Allí no vivía nadie desde hacía muchos años. Y eso me lo reafirmaban los documentos que me habían enseñado cuando yo compré esta casa.
Una hora después de haber llegado, se levantó, dijo que volvería y desapareció. Salí detrás de ella para ver si iba a la otra casa, pero desapareció nada más pisar la calle.
Todo el mes de junio estuve vigilante por si volvía o por si veía algo en la casa vecina. Nada de nada, ni rastro. Pregunté en la inmobiliaria y a otras casas cercanas. Me miraron con extrañeza y lo único que sabían era una historia de dos hermanas de unos sesenta años atrás que vivían en aquellas casas. Una de ellas murió asesinada y la otra fue culpada del crimen. De ésta última, se creía que había muerto en la cárcel, ejecutada en la horca. Pero nadie lo había visto ni estaba seguro de ello. Vendieron y revendieron las casas los herederos, primos y sobrinos de ellas.
El último día de junio, ella volvió a aparecer. De la misma forma y a la misma hora que la vez anterior. Y con el mismo vestido. Me saludó y me pidió perdón por no haber venido antes pero insinuó algo de que no la dejaban salir demasiado. Cuando pregunté quién la retenía salió diciendo que tenía muchas cosas que hacer en la casa.
Conversamos sobre el tiempo, casi ya de verano, y, en un momento de silencio, me atreví a preguntarle por su hermana. Volvió a repetir que había muerto muy joven, “hace ya muchos años”. Se puso muy nerviosa e hizo ademán de levantarse. “¿Estaba enferma?, le pregunté de sopetón. Volvió a aposentarse, miró varias veces a la casa y solo contestó que “aquello fue un accidente”. No habló más, mientras acababa su café.
Pasada una hora, volvió a desaparecer, como la vez anterior.
Me puse a investigar. Aquella historia me intrigaba y la presencia de “mi vecina” me empezaba a asustar un poco. Era siempre el último día del mes cuando venía y de su hermana no parecía gustarle hablar demasiado. Aparte de que había muerto muy joven, nada más pude sacarle.
Miré periódicos antiguos, busqué herederos y antiguos conocidos. Me parecía que la historia de estas dos hermanas no se podía haber olvidado tan pronto.
Tuve que revisar archivos y hacer muchas preguntas. Casi nadie quería hablar de ello y me daban tontas disculpas. Ello hacía que me intrigase aún más. Unos hijos de unos sobrinos, que habían heredado las propiedades, reconocieron haber oído algo de dos hermanas, parientes suyos, y de la muerte por accidente de una de ellas, precisamente en la casa donde yo vivía ahora. Fue un desgraciado accidente, recalcaron varias veces. Una hermana había muerto de varias puñaladas. No sabían por qué pero culparon a la otra hermana del crimen. Era la única que estaba con ella en la casa cuando sucedió todo. De la acusada, nunca más supieron nada.
O nunca más quisieron saber nada, pensé yo. Incluso dejaron su casa abandonada.
El último día de julio, aquella mujer volvió a visitarme. Sentada delante del café, me dijo de repente: “yo no fui, son todos unos mentirosos, fue mi hermana”. Se levantó de golpe, se quedó mirando la casa durante un largo rato y, sin decir nada, salió corriendo y desapareció.
Nunca más volvió. No obstante, en alguna noche de verano, creí ver alguna luz en la casa de al lado.
Ángel Lorenzana Alonso